Era impensable años atrás ver un compartir tan amigable entre los líderes de China, India y Rusia. Ello se dio en la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái celebrada entre el 31 de agosto y el 1 de septiembre de 2025. Los tres estadistas intercambiaron animadamente, salpicando su conversación con risas y sonrisas. Parecían amigos entrañables de toda la vida. ¿Y por qué esto es curioso?. Porque estos países han sostenido diferencias y rivalidades históricas que han creado desconfianzas mutuas: China y la India mantienen reclamaciones territoriales recíprocas; China y Rusia han sostenido disputas geopolíticas desde la época en que compitieron por el control del movimiento comunista internacional. Lo único común que los ha unido son sus críticas al accionar de occidente en los asuntos mundiales y, en particular, su rechazo a la hegemonía de Estados Unidos. Este contrabalance entre lo que los une y lo que los separa es lo que explica los continuos acercamientos y alejamientos, que han hecho honor al proverbio popular: “juntos, pero no revueltos”.
Pero parece ser que estamos presenciando un momento en que están priorizando lo que los une y que pudiera derivar en una alianza estratégica de larga duración. ¿Cuál es el factor que ha propiciado o acelerado ese junte?: Donald Trump.
En su afán de impulsar su MAGA, Trump desató una guerra comercial contra el mundo usando como arma los aranceles y dicha guerra ha erosionado la credibilidad norteamericana como un aliado económico confiable, además de acentuar, mediante la coerción, la influencia hegemónica norteamericana, algo que China y los demás no están dispuesto a aceptar.
Los tres países unidos constituyen una fuerza económica capaz de reconfigurar el poder económico global. Según estimados del Fondo Monetario Internacional, para el cierre de este año el trio habrá acumulado un Producto Interno Bruto (PIB) de 25.6 billones de dólares, equivalente al 22% de la economía mundial. Son también una fuerza demográfica con cerca de 3 mil millones de habitantes. China es la segunda economía más grande del mundo y un actor clave en manufactura, tecnología y comercio. India está emergiendo como un centro de servicios, tecnología y manufactura con una población joven y en crecimiento. Rusia, aunque más pequeña en PIB, tiene un rol estratégico por su influencia energética y geopolítica.
El actor más poderoso de esta unión es China. El país asiático, no solo es una potencia demográfica y económica, lo es también en el campo militar. Sin vociferarlo, va en vías de desplazar la posición hegemónica norteamericana, pero no a base de intervenciones militares, sino usando su musculo económico: como mercado exportador e importador y como inversionista. Ha invertido en diversas latitudes, cubriendo sus necesidades, pero también la de los países donde han invertido. Su norte en las relaciones económicas internacionales no es la afinidad ideológica, sino el beneficio mutuo, lo cual lo hace un socio confiable.
En este aspecto, la bravuconería Trumpiana pudiera convertirse en un boomerang para la nación norteamericana. Mientras que continúe la guerra comercial insensata, no es descartable que países, sobre todos los del llamado Tercer Mundo, sientan la necesidad de diversificar o reorientar sus relaciones comerciales hacia otros socios que, como el caso del gigante asiático, les puedan brindar condiciones económicas más predecibles y benignas. Entonces, en vez de tratar de detener el avance hegemónico de China que, por cierto, es una obsesión de la élite política estadounidense, lo que está haciendo Trump es facilitar esa tarea.