Sectores económicos prioritarios
En un nuevo plan o modelo de desarrollo hay que identificar los sectores “locomotoras” que se echarían la economía sobre sus hombros para impulsar su crecimiento. Es un asunto complejo porque la economía de Puerto Rico es mayoritariamente de servicio, con preeminencia del servicio dirigido al consumo popular. La economía de servicio enfocada en el consumo popular no genera nueva riqueza, lo que hace es redistribuir riqueza generada, en este caso, en otras latitudes. Es decir, seguir apostando a abrir centros comerciales y restaurantes no garantiza un crecimiento sólido, sobre todo cuando la economía (como la puertorriqueña) es altamente subsidiada.
Lo ideal es enfocarse en una economía productiva, más que de servicio, que llegue a cubrir gran parte de las necesidades de consumo doméstico, pero no es el escenario existente. Por tanto, tenemos que buscar un Plan B.
Como Plan B podemos identificar dos sectores que pueden acometer el objetivo planteado. Uno de ellos es la manufactura. A pesar de la perdida de inversión en el sector, la misma se ha mantenido con un peso significativo en el entorno económico isleño. De acuerdo con cifras oficiales, se mantiene con una participación relativa del 44% del Producto Interno Bruto (PIB) y con más de 84 mil personas empleadas. Debido a estos números es que hay sectores políticos y empresariales que siguen apostando a la manufactura, tal y como operó en el modelo agotado.
No cabe duda de que la política industrial que Puerto Rico adoptó a mediados del siglo pasado fue instrumental para la era de prosperidad que experimentó la isla. Pero la estrategia que sirvió para reducir la pobreza y allegar inversión directa foránea se basó en los principios de las concesiones contributivas y en la exclusividad de la producción de productos farmacéuticos originales. Al vencerse esa exclusividad y Puerto Rico perder competitividad cuando se eliminó el beneficio otorgado bajo la Sección 936 del Código de Rentas Internas de los Estados Unidos, se produjo el éxodo del capital foráneo y la reticencia de nuevas compañías a invertir. Estas premisas ya no existen, por lo que desarrollar la manufactura bajo las mismas no es factible.
A la misma vez, el tipo de industria que se desarrolló es de ensamblaje de componentes provenientes de las casas matrices de las compañías foráneas (tipo de industria conocida como maquiladora), modelo que no genera suficiente riqueza para el país que acoge este tipo de inversión. Lo ideal es recibir el capital y el know how extranjero para apoyar la producción de bienes originados en Puerto Rico, pero para ello el territorio tendría que haber contado con un ambiente de investigación y desarrollo que es inexistente actualmente. Escuché que hay un Representante en la Cámara legislativa de la isla que desea legislar al respecto, lo cual es una intención positiva, pero hay que recordar que ese tipo de ambiente no se crea de la noche a la mañana y el hacerlo requerirá no solo del concurso del sistema empresarial local, sino también de las universidades.
Mientras que ello no sea una realidad, hay que seguir apostando a las variantes de inversión foránea que existe en el mercado, las cuales se decantan por el ensamblaje que genera como beneficios empleos e ingresos para el territorio que los cobija. Dada las tendencias económicas actuales hay que enfocarse en la manufactura altamente intensiva en tecnología.
Dentro de los servicios, un sector que debemos visualizar como posible “locomotora” del crecimiento económico es el turismo. En este punto hay un debate en la academia acerca de las reales perspectivas del sector en las estrategias de desarrollo de los países.
La magnitud del valor añadido que aporta el turismo al crecimiento de los países se refleja en los estímulos que la industria provee a otros sectores que apoyan el desarrollo de la actividad y que se concentran en el sector de los alimentos, la transportación, la construcción y mejora de infraestructura, la realización de actividades, entre otros. Pero el alcance de este eslabonamiento se acorta debido a dos realidades: en primer lugar, al control monopólico que han ejercido empresas transnacionales sobre el desarrollo del turismo desde sus albores, lo que ha impedido que los destinos obtengan mayores beneficios del negocio turístico y en segundo lugar, a las propias decisiones de política pública que impactan, no solo en la concepción y desarrollo de los modelos turísticos, sino también en las mismas políticas nacionales de desarrollo.
No obstante, no debemos despreciar el aporte que ha hecho el turismo a la economía puertorriqueña. Mientras que el territorio ha estado bajo recesión, perdiendo industrias, el turismo ha mantenido su presencia y creciendo. Para el año fiscal 2024, además de establecer un récord en turistas recibidos, lo estableció también en ingresos generados con $6 billones de dólares. Según World Travel and Tourism Council, el turismo representó en el año 2024 el 5.1% del PIB de la isla, con 113 mil personas empleadas.
Es un falso debate tratar de discernir entre manufactura y turismo. Pienso que ambos sectores tienen sus propios atributos y características para que mancomunadamente puedan ser las “locomotoras” del crecimiento económico de Puerto Rico. En el caso del turismo, si bien no genera alto valor agregado como la manufactura, si tiene potencial como financiador del crecimiento.
Replantearse el papel del Estado
El Estado en Puerto Rico ha sido clientelista (políticamente hablando), empleador, empresario y benefactor. Ha estado omnipresente en todos los procesos económicos. Por ello, es que el sistema socioeconómico de la isla se le denomina de capitalismo de Estado. Esta presencia abrumadora ha estado acompañada de ineficiencia e ineficacia en sus funciones públicas.
El Estado tiene que continuar con su función de garantizar los equilibrios sociales, apoyando a los desplazados por el mercado. También tiene que ser garante de los equilibrios macroeconómicos, pero fortaleciendo la capacidad del empresario local como generador de la riqueza, es decir, el Estado tiene que dejar de ser un actor empresarial, además de despolitizar todas sus estructuras.
En cuanto a su papel como ente benefactor es necesario introducir un matiz. Por muchos billones de dólares de capital de inversión que se posea, no se podrá aspirar al desarrollo si se mantiene más de la mitad de la población sin participar en la creación de la riqueza. Si el territorio contara con una alta penetración tecnológica en los procesos productivos y crecientes niveles de productividad, entonces Puerto Rico pudiera darse el lujo de tener el 55% de las personas viviendo casi exclusivamente de subsidios, pero esa no es la realidad. También hay que sumar el reto demográfico que se está enfrentando con una población en retroceso por bajas tasas de nacimiento, emigración y aumento y longevidad de la población envejeciente. De mantenerse esta tendencia, en los próximos 20 años no habrá brazos suficientes que garantice el crecimiento económico de la isla.
Por ello es imperativo incorporar a la producción a la mayor cantidad posible de ciudadanos aptos para trabajar que hoy en día prefieren vivir del denominado “mantengo” y del trabajo informal. El Estado tiene que cambiar el enfoque como ente benefactor: tiene que priorizar la creación de oportunidades para que luchen por salir de la pobreza y aporten a la sociedad en su conjunto, más que seguir sosteniéndolos en la pobreza. Debemos recordar este proverbio chino: «Si le das un pescado a un hombre, comerá un día. Si le enseñas a pescar, comerá todos los días».
Construcción de un consenso político y social
La construcción de un nuevo plan o modelo de desarrollo económico no es solo una tarea técnica, sino también profundamente política y social. No puede imponerse unilateralmente desde arriba, como resultado exclusivo de acuerdos entre las élites políticas y económicas, porque sin un consenso amplio y democrático, cualquier intento de transformación corre el riesgo de fracasar. La historia ha demostrado que los cambios exitosos son aquellos que se construyen con legitimidad social, institucionalidad fuerte y participación ciudadana real.
¿Por qué es importante el consenso?.
Un nuevo plan o modelo económico conlleva reformas profundas en diversas áreas económicas y sociales y la ciudadanía debe sentir que el cambio responde a sus aspiraciones y necesidades. En esta medida, tiene que involucrar a múltiples actores: Estado, empresarios, trabajadores, academia, organizaciones sociales y comunidades locales. Un consenso construido desde el diálogo social permite que diversos sectores se vean representados y comprometidos con el proceso y a la misma vez facilita la cooperación entre esos sectores.
¿Cómo construir el consenso?
El primer paso es reconocer colectivamente que el modelo actual es insostenible. Esto implica generar espacios de debate donde se identifiquen los límites del modelo vigente.
El consenso debe girar en torno a una narrativa compartida sobre el desarrollo: ¿Queremos un modelo tradicional que se centre solamente en el crecimiento del PIB como objetivo central o un modelo de desarrollo económico que sea sostenible, equitativo e inclusivo.?. ¿Queremos un plan que refresque el modelo económico anterior o uno nuevo que apunte más decisivamente a atacar las deficiencias estructurales que la economía de Puerto Rico ha mantenido históricamente?. Cualquiera sea la respuesta, la visión común que surja debe traducirse en metas claras.
La construcción de un consenso amplio serviría como detente ante la tentación de las élites políticas de revertir las reformas cuando se produzcan cambios de gobierno o gestionar las tensiones en la sociedad que se pudieran generar ante el nuevo plan o modelo de forma tal que evite o mitigue conflictos sociales.
A modo de conclusión
Algunos dirán que las propuestas aquí compartidas no podrán implementarse por la condición colonial de Puerto Rico. Ello es media verdad.
Es cierto que Puerto Rico carece de todas las capacidades decisionales sobre el control de la economía que poseen estados independientes (dejando a un lado la realidad de que los países en vías de desarrollo independientes tampoco controlan totalmente sus economías ya que son dependientes estructuralmente de los vaivenes del mercado mundial), pero no está en cero en este tema, ya que posee grados de autonomía sobre su economía. Por ejemplo, no ejerce política monetaria porque está subordinada a la política monetaria norteamericana, pero tiene autonomía fiscal, que puede usarla para influir en los ciclos económicos y estimular el crecimiento. Sin embargo, no lo ha hecho así: la política fiscal se ha implementado para ser exclusivamente recaudatoria.
Puerto Rico tiene suficiente autonomía para poder encaminar y mantener su economía en la senda del progreso. No ha ocurrido así, porque las distintas administraciones locales han demostrado ser incapaces de administrar eficientemente la colonia. Otra prueba de esta incapacidad es la cantidad de recursos financieros que la isla ha recibido y recibe de forma asegurada por parte de Washington (algo que países independientes no tienen) y sin embargo, se han despilfarrado, dejando a cambio una economía estancada.
La otra interrogante es: ¿por qué las elites políticas no han decidido diseñar un nuevo plan o modelo de desarrollo económico?. Quizás sea por lo anterior, o quizás por cálculos políticos.
Es cierto que diseñar e implementar un plan o modelo de desarrollo económico con las propuestas que he compartido en estas reflexiones atacaría fundamentos históricos en que se ha basado el contrato social entre Estado y sociedad civil. Violentar esos fundamentos implicaría enormes costos políticos para cualquier partido y Gobernador.
Desde el año 2001 Puerto Rico no ha tenido un Gobernador que repita y han pasado por Fortaleza siete incumbentes sin penas y glorias (algunos, con más pena que gloria). Entonces, ¿qué es mejor?: no repetir y no dejar un legado, o no repetir, pero a sabiendas que dejaste la isla enrutada en la senda del progreso y el bienestar de todos?.