Desde enero de 2026, la política de Estados Unidos hacia Cuba entró en una nueva fase de endurecimiento estratégico, caracterizada por un aumento de las sanciones financieras, cerco petrolero, presión diplomática regional y un discurso político más agresivo hacia el gobierno de Miguel Díaz-Canel. En un contexto marcado por la crisis energética, la inflación, la carencia de productos de primera necesidad y en general, de una economía estancada, es claro que lo que Washington está buscando es la inducción de una crisis terminal del sistema político cubano que provoque el quiebre del mismo.
Sin embargo, la cuestión central no es si Estados Unidos posee capacidad de presión suficiente, sino si esas medidas realmente pueden producir la caída del régimen cubano en el corto o mediano plazo. Más aún, surge una interrogante geopolítica de mayor sensibilidad: ¿sería factible una intervención militar estadounidense en Cuba como mecanismo definitivo para provocar un cambio de gobierno?.
Tampoco está claro si lo que Estados Unidos quiere es una transformación total del sistema político-económico cubano o lo que está buscando es una opción al estilo del modelo que han aplicado en Venezuela.
Responder estas interrogantes exige analizar factores económicos, militares, históricos, sociales y geopolíticos.
La estrategia actual de los Estados Unidos parece basarse en un principio clásico de coerción: aumentar el costo de supervivencia del Estado cubano hasta generar fracturas internas irreversibles. Puntualmente, las medidas aplicadas desde 2026 parecen orientarse hacia seis objetivos fundamentales:
- Reducir drásticamente la entrada de divisas.
- Profundizar el deterioro energético y logístico.
- Debilitar la legitimidad interna del gobierno estimulando el descontento social
- Incentivar divisiones dentro de las élites políticas y militares.
- Limitar la capacidad represiva del aparato estatal.
- Aumentar el aislamiento internacional de La Habana.
Todas las medidas de presión que Estados Unidos le ha impuesto a Cuba y que se han ampliado en las últimas semanas, están actuando sobre unas vulnerabilidades que no existían en décadas anteriores: cese del apoyo venezolano, economía interna extremadamente debilitada, deterioro acelerado de la infraestructura, debilitamiento del capital político de los líderes cubanos, creciente descontento social y disminución del valor geopolítico de la isla para muchas naciones latinoamericanas, caribeñas y del resto del Tercer Mundo.
En términos comparativos, algunos sectores en Washington podrían considerar que Cuba se aproxima a escenarios históricos de “agotamiento sistémico”, similares a ciertos procesos observados en Europa del Este antes del colapso soviético.
Pese a estas vulnerabilidades, existen elementos que continúan favoreciendo la resiliencia del sistema. Estos son:
Control centralizado: El Partido Comunista de Cuba y el aparato gubernamental mantienen el control del país central y territorialmente, preservando su capacidad movilizativa. Por poner un ejemplo, ello se pudo constatar en la manifestación convocada recientemente frente a la Embajada de Estados Unidos en la Habana en repudio a las presiones norteamericanas y en particular, para protestar contra la formulación de cargos penales contra Raul Castro. No se observan señales de fracturas en las instancias políticas y en las fuerzas armadas.
Ausencia de una oposición organizada capaz de reemplazar al gobierno: Aunque se ha incrementado el descontento social, no se observa actualmente una estructura opositora que cuente con un liderazgo nacional unificado, con fuerza organizativa y con un programa de cambio que refleje la realidad del país y las demandas de la población.
Esta ausencia limitaría, sin lugar a duda, las posibilidades para una transición rápida ante una caída del régimen actual.
Nacionalismo histórico: La confrontación con los Estados Unidos continúa siendo utilizada por el gobierno cubano como herramienta de legitimación política. En muchos sectores sociales, la presión externa puede fortalecer sentimientos nacionalistas antes que producir apoyo automático a un cambio de régimen. En este punto no podemos eludir que el sistema actual cuenta aún con niveles de legitimidad en algunos sectores poblacionales a pesar del drama que significa llevar una vida cotidiana con tremendas escaseces.
La hipótesis de una intervención militar estadounidense
A pesar de que el presidente de los Estados Unidos había afirmado semanas atrás de que no estaba considerando el expediente militar contra Cuba, algunas acciones y declaraciones en días pasados apuntan a que esa posibilidad está ganando espacio. Por ejemplo, el secretario de Estado, Marco Rubio, declaró que se siente pesimista sobre la posibilidad de lograr un cambio de régimen por vía pacífica. Ello se une a informaciones de la movilización de un portavión alrededor de los mares de Cuba y del movimiento de tropas norteamericanas ubicadas en Puerto Rico hacia una ubicación no revelada para apoyar operaciones globales.
Tampoco es descartable la intervención militar en Cuba desde una perspectiva geopolítica global: el empantanamiento de Trump en Irán lo podría llevar a buscar una acción militar en la isla caribeña que ayude a compensar, en términos de prestigio, su descalabro en el Medio Oriente.
Desde el punto de vista estrictamente militar, Estados Unidos posee una superioridad abrumadora frente a Cuba. Las fuerzas armadas norteamericanas podrían neutralizar rápidamente a la aviación cubana, a los sistemas de defensa antiaérea, las comunicaciones estratégicas y cualquier otra infraestructura militar clave. En términos convencionales, la capacidad de resistencia militar cubana sería limitada frente al poder militar – tecnológico estadounidense. Pero la verdadera dificultad no sería derrotar militarmente al Estado cubano, sino administrar las consecuencias políticas y estratégicas posteriores.
En primer lugar, en caso de que la intervención militar sea mediante la ocupación total o de una parte del territorio nacional habría el riesgo de una insurgencia prolongada. Ante la eventualidad de que el ejército cubano fuese rápidamente derrotado, puede emerger una resistencia irregular, tanto en el campo como en las ciudades que podría prolongar el conflicto. La doctrina de defensa cubana se asienta en ese postulado. Bajo ese escenario, es bueno recordar ejemplos como las intervenciones en Iraq y Afganistán que demostraron que la superioridad militar no garantiza estabilidad política posterior.
En segundo lugar, una prolongación del conflicto militar podría desencadenar una crisis migratoria masiva que impacte, no solamente al estado de la Florida, sino también a países caribeños, Mexico y Centroamérica. Esto tendría costos humanitarios y políticos para Washington.
En tercer lugar, estarían los costos internacionales. Un ataque militar contra Cuba produciría una fuerte condena internacional, tanto de países, organizaciones civiles y políticas, así como de organismos multilaterales.
Como conclusión considero que, aunque las medidas de presión implementadas por Estados Unidos en lo que va del año podrían aumentar significativamente las tensiones internas en Cuba, la caída del régimen cubano no parece inevitable ni inmediata. La historia demuestra que sistemas políticos con fuerte control y con grados de legitimidad en determinados sectores sociales, pueden sobrevivir durante largos períodos incluso bajo condiciones económicas extremadamente adversas.
La opción militar, pese a ser técnicamente viable desde el punto de vista operacional, presenta enormes riesgos políticos, humanitarios y geopolíticos. Para Washington, el problema fundamental no sería derribar al gobierno actual, sino administrar las consecuencias posteriores de una intervención militar.
Por ello, resulta más probable que Estados Unidos continúe apostando por una estrategia de desgaste gradual, presión económica y aislamiento internacional, buscando eventualmente una transformación interna del sistema cubano antes que una confrontación militar directa. Pero claro, nuestra lectura está basada en la prevalencia de un análisis estratégico racional, lo cual no está garantizado atendiendo el comportamiento que ha tenido el inquilino de la Casa Blanca en temas internacionales. Así que, lo que puede parecer poco probable, pudiera convertirse mañana en la opción número uno…O quizás nos pueda sorprender con una tercera alternativa.