Para muchos, hablar de crecimiento y desarrollo económico supone, con frecuencia, concentrarse en variables internas: el aumento del producto interno bruto, la inversión, el empleo, la productividad, la infraestructura, la educación y la reducción de la pobreza. Sin embargo, en un mundo caracterizado por una creciente interdependencia económica, resulta cada vez más difícil comprender el desempeño de una economía sin considerar su política exterior. La capacidad de un país para crecer y desarrollarse está estrechamente relacionada con el espacio de autonomía que posee para definir sus relaciones económicas, políticas y diplomáticas con el resto del mundo.
El crecimiento económico puede entenderse como el incremento sostenido de la producción de bienes y servicios de una economía. El desarrollo económico, en cambio, es un concepto más amplio. Implica transformar la estructura productiva, elevar la productividad, mejorar las condiciones de vida, ampliar las oportunidades sociales y fortalecer la capacidad de una sociedad para decidir sobre su propio futuro.
Esta diferencia es fundamental para comprender la relación entre economía y política exterior. Un país puede crecer rápidamente y, al mismo tiempo, no lograr reducir su vulnerabilidad al mantener importantes niveles de dependencia externa.
La República Dominicana ofrece una clara ilustración al respecto. Durante las últimas décadas, el país ha logrado convertirse en una de las economías más dinámicas del Caribe, apoyándose en el turismo, las zonas francas, las remesas, la inversión extranjera y los servicios. Según datos del Banco Central de la República Dominicana, para 2025 el país recibió más de 11.7 millones de visitantes y $5,032.3 millones en inversión extranjera directa neta, constituyendo un récord en ambos renglones para todo el Caribe. A su vez, las autoridades dominicanas proyectan para 2026 un crecimiento económico de alrededor de 4.8 %.
Sin embargo, toda esta fortaleza económica que el país ha ido construyendo no se ha basado en una vigorosa diversificación de sus relaciones externas, ya que sigue dependiendo fuertemente de sus vínculos con Estados Unidos. Ambas naciones están vinculadas por el tratado CAFTA-DR y mantienen importantes relaciones comerciales, financieras, turísticas y migratorias. Por ejemplo, solo en el comercio total (exportaciones + importaciones) el nivel de dependencia de República Dominicana con el mercado norteamericano es del 42% según datos del 2025.
La dependencia no se limita al comercio. Durante el primer trimestre de 2026, por ejemplo, el 82.5% de las remesas recibidas por República Dominicana procedieron de Estados Unidos. Esto significa que la economía dominicana posee una considerable exposición a las condiciones económicas y políticas estadounidenses.
Por tanto, la fortaleza económica no elimina automáticamente la dependencia externa. Una economía puede crecer, atraer inversiones y convertirse en un destino turístico exitoso y, sin embargo, conservar limitados márgenes de autonomía en determinados asuntos de política exterior si no ha sido capaz de ejercer su voluntad política para usar esa fortaleza construida para una diversificación de las relaciones económicas y políticas externas.
El caso de la expulsión de los diplomáticos cubanos
En este contexto adquiere especial relevancia la reciente decisión de República Dominicana de expulsar a nueve diplomáticos cubanos y a sus familiares, otorgándoles un plazo de siete días para abandonar el territorio dominicano. La información pública disponible sobre la decisión no ofrece, al menos inicialmente, una explicación suficientemente clara sobre las razones concretas que llevaron al Gobierno dominicano a adoptar esta medida.
No sería correcto afirmar automáticamente que dicha decisión diplomática fue impuesta por Estados Unidos sin contar con evidencia que lo demuestre. Sin embargo, también sería ingenuo ignorar las señales de alineamiento político e ideológico del gobierno de Luis Abinader con la actual administración norteamericana que ha tenido como una de sus expresiones el caso de Cuba. En octubre de 2025 Santo Domingo excluyó al gobierno cubano de la X Cumbre de las Américas; en mayo de este año el presidente dominicano declaró que Cuba “obviamente no es un Estado democrático” y recientemente República Dominicana se abstuvo en la votación de Naciones Unidas sobre el embargo estadounidense contra la mayor de las Antillas, cuando en años anteriores había votado en contra.
¿Por qué se producen estas señales de enfriamiento ahora y no desde el 2020 cuando Luis Abinader asumió las riendas del país?. ¿Presiones de la actual administración norteamericana o simplemente decisiones unilaterales para congraciarse con el vecino del norte?.
Más allá de las posibles respuestas que podamos obtener de estas preguntas, la cuestión que plantea las interrogantes es más profunda. República Dominicana no ha sido capaz de usar su sostenido crecimiento económico para ir solucionando uno de los problemas estructurales que lo configura como nación subdesarrollada: la dependencia excesiva de uno o pocos mercados globales y por lo tanto expuesta a las presiones de diversas dimensiones proveniente de dichos mercados.
Aquí aparece una paradoja sobre todo para países pequeños como República Dominicana: la integración a los mercados globales (en este caso con los Estados Unidos) que favorece el crecimiento puede, simultáneamente, reducir el margen de autonomía política porque no podemos perder de vista que las decisiones de política exterior se producen dentro de un sistema internacional caracterizado por enormes asimetrías de poder.
La política exterior como componente del desarrollo
Esta reflexión permite ampliar el concepto de desarrollo económico. El desarrollo no debería medirse exclusivamente por cuánto produce un país, sino también por su capacidad para decidir qué tipo de desarrollo desea y cómo relacionarse con el entorno internacional.
Una economía que aspira al desarrollo necesita diversificar mercados, atraer inversiones de diferentes procedencias, desarrollar capacidades tecnológicas propias, fortalecer sus instituciones y ampliar sus vínculos internacionales. La diversificación económica, por tanto, tiene también una dimensión geopolítica.
Esto implica que la política exterior debe dejar de verse como un ámbito separado de la política económica, sobre todo para economías muy abiertas como la dominicana. Las relaciones diplomáticas, los acuerdos comerciales, la política migratoria, la inversión extranjera, la seguridad energética, el acceso a mercados y la cooperación tecnológica forman parte de una misma estrategia de desarrollo.
La experiencia dominicana permite plantear una conclusión importante para el Caribe y América Latina: la soberanía económica no significa aislarse del mundo. Por el contrario, significa integrarse al mundo desde una posición de mayor fortaleza. Un país pequeño no puede aspirar a tener el mismo poder económico o militar que una superpotencia. Pero sí puede incrementar su autonomía mediante la diversificación. Diversificar mercados de exportación, fuentes de inversión, proveedores de energía, socios tecnológicos, mercados turísticos y relaciones diplomáticas reduce la posibilidad de que una sola potencia pueda ejercer una influencia desproporcionada sobre sus decisiones.
Una economía que depende excesivamente de un solo mercado puede crecer rápidamente, pero su vulnerabilidad también puede crecer. Una economía que desarrolla múltiples vínculos internacionales puede disponer de mayor capacidad para defender sus intereses.
La República Dominicana ha demostrado que es posible construir una economía dinámica en un contexto caribeño complejo. El siguiente paso no consiste necesariamente en reducir sus vínculos con Estados Unidos (algo económicamente poco realista y probablemente inconveniente), sino en utilizar su creciente fortaleza económica para ampliar sus opciones internacionales.
Reflexión final
La relación entre crecimiento económico, desarrollo y política exterior es, por tanto, mucho más profunda de lo que suele reconocerse. Crecer significa producir más; desarrollarse significa transformar la capacidad económica y social de una nación; pero alcanzar una verdadera autonomía de desarrollo significa también disponer de suficiente margen para decidir cómo relacionarse con el mundo.
La República Dominicana puede ser una de las economías más dinámicas del Caribe y, simultáneamente, enfrentar presiones derivadas de su enorme dependencia con Estados Unidos. La reciente expulsión de diplomáticos cubanos, independientemente de las razones específicas que la hayan motivado, abre precisamente ese debate.
La pregunta fundamental no debería ser si República Dominicana debe acercarse o alejarse de Estados Unidos. Su realidad económica hace inevitable una relación estrecha. La pregunta debería ser cómo transformar esa relación de dependencia en una relación de interdependencia, en la que los beneficios económicos no tengan como contrapartida una reducción desproporcionada de la autonomía política.