No hay que ser un experto en geopolítica para saber que toda guerra genera consecuencias de diversos tipos y alcance, una de ellas es en la economía. Y si el conflicto militar tiene como centro un área muy neurálgica y estratégica como el Medio Oriente, las consecuencias tienen un efecto multiplicador mayor porque se manifiestan inicialmente en el incremento del precio del petróleo y sus derivados, que provoca un efecto en cadena de subida de los precios de todos los productos, en particular, los de primera necesidad. Por ello, el ataque norteamericano – israelí a Irán no ha significado una excepción en esa realidad.
Esta guerra se ha desatado en el peor momento posible. Desde el azote de la pandemia del COVID, el mundo comenzó a sufrir de una persistente inflación por la paralización de eslabones esenciales de las cadenas globales de producción. Cuando comenzábamos a tener un respiro, se desencadenó el conflicto ruso – ucraniano, que reforzó la escalada en los precios. Recientemente, cuando empezamos a ver señales de una posible tregua inflacionaria, nos llega esta guerra en Irán.
El conflicto no se ha circunscrito a un solo país. Ya se ha extendido a nivel regional con la participación de varios estados vecinos de Irán, quienes han sido impactados por la respuesta iraní, complicando más la extracción y exportación de petróleo de la región. No se descarta que esto se agrave si Irán decide bloquear el paso de buques por el estrecho de Ormuz. Si la guerra se prolonga y ocurre un cierre de esa vía marítima, el precio de crudo pudiera superar los $100 el barril.
Para Puerto Rico, una economía completamente importadora de combustible, el efecto de la subida de los precios del petróleo es preocupante. Este suceso va a incidir, como un agravante imprevisto, en la desaceleración vaticinada de su economía para este año como resultado del agotamiento de los impactos que generan las ayudas recibidas de Washington por los desastres naturales que han azotado a la isla en los últimos nueve años.
Para Cuba, las consecuencias del actual conflicto bélico son algo diferente, en profundidad, a lo que puede sufrir Puerto Rico. A pesar de que la economía puertorriqueña está pasando por momentos nada auspiciosos y con cuestionamientos sobre su manejo financiero, posee reservas que la mantienen en funcionamiento con normalidad. Una de esas reservas es el turismo que ha tenido un crecimiento extraordinario en los últimos tres años. Otra reserva son las sistemáticas ayudas provenientes de Estados Unidos.
Este no es el caso de Cuba. La economía cubana está exhausta. Está mucho más frágil que la puertorriqueña. No genera los recursos necesarios para mantenerse en funcionamiento. El turismo, que ha sido uno de los pocos activos que ha inyectado ingresos al país en las últimas décadas, está en situación deplorable, hasta tal punto que no ha podido alcanzar los valores logrados en el año 2019, año anterior a la pandemia.
Para colmo de males, la guerra sorprende a Cuba con un bloqueo de combustible impuesto por los Estados Unidos. Washington abrió una ventana para permitir que el sector privado cubano (micro, pequeñas y medianas empresas – MYPIMES) importara petróleo y derivados y algunas operaciones de importación se han producido. Queda por ver cuantas MYPIMES tienen la capacidad económica para continuar con las importaciones bajo el nuevo nivel de precios.
Si algo positivo pudiera surgir para Cuba del actual conflicto es que puede salir, momentáneamente, de la atención de Washington y de los medios (concentrados en lo que pasa en el Medio Oriente), con lo cual podrá comprar tiempo para seguir buscando alternativas de sobrevivencia.